Tiempo

TIEMPO

A veces tan fugaz, otras tan escaso.
Ser capaz de gozar… eterno ocaso.
Olvidarte de tu mente y dar el paso:
la diferencia entre la vida y el fracaso.
No te preocupes si llega el colapso,
con el tiempo, solo será un lapso
¡Solo sonríe cuando tenga el lazo!

 

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Ciclos

CICLOS

Silenciar el resentimiento…
ardua tarea me encomiendo.
Encarando a hábiles quimeras
desmonto entelequias y falsos profetas.

¡Que la mirada del mal no vuelva!
¡Que la sombra en el espejo no aparezca!

Entre reflejos, espejismos y realidades
peligro entre abstracciones y viajes astrales.
Asomarse al pozo es peligroso:
fácil es entrar en la espiral.
Nacer, Crecer y Arder.
La santa triada del Fénix…

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Cenizas

CENIZAS

Tras meses de desesperación,
en mis entrañas amaneció
¡Al fin! ¡Amado bienestar!
Como una ola frente al espigón.
de todos mis deseos
y amor se apoderó.

Pero solo una cueva excavó.
Mis flaquezas… mi perdición.
Cenizas, tristeza y rencor.
Volvieron los fantasmas,
la oscuridad me colapsó:
Tenebrosa procesión…
¡Grande es mi castigo para ser soportado!
Incrédulo de mi,
hasta me lo creí…

Vacío, miedo y vértigo,
en un pozo fondo me perdí.
Tras chocar con el suelo,
algo mágico ocurrió:
Todo el peso del planeta
a mis espaldas. La cabeza levanté.
Ahí arriba a lo lejos,
la cuerda que me rescató hallé.
La misma luz, la mismas estrellas,
la  guía de los marineros
en las más rudas tormentas.

Con fuerza la agarré,
tensión, dolor y esfuerzo
La salida es una lucha interna,
tan solo pocos la superan.
Dejarse caer, fácil tentación.

La luz de la luna hacia arriba me guió.
Los últimos pasos los tuve que andar yo.
¡al fin salí del pozo! ¡al fin desperté!
La luz del sol me cegó,
confuso y perdido anduve.
Cuánta culpa había causado…

Morpheo el redimido.

 

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A veces miro el cielo.

A veces miro al cielo.
Cenizas vuelan al viento.
Ascendió la luz,
el suelo quedó seco.
Vías, trenes y movidas,
tantas oportunidades,
todas perdidas.
Un simple movimiento,
un salto, un adiós.
Un alivio… sin rencor.
La paz después del llanto.
No queda sitio para el dolor.
Tan solo el recuerdo,
con cariño,
y con mucho amor.

 

En tu memoria.

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Pa’ti, tu yu, with lof.

¡Qué sensación más extraña!
Ay…  mi cielo, mi montaña.
El amanecer y el alba.
¡Plenitud del alma!
Llegaste sin avisar,
miedos y tristeza,
soledad y malestar.
¡Apareció la certeza!
¡Todo quedó atrás!

Morpheo, “el eterno”

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Fungicultura

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AUDACIA VINCERE EST (act.8/1/17 sin acabar/falta revisar

Beth siempre paseaba por el puerto. Le gustaba distraerse durante el día. Se fijaba en la gente, los edificios antiguos, cómo los pescadores perseguían a los gatos hambrientos, cómo los mercaderes se pelearse a gritos, los marineros, la guardia real, los maleantes esconderse, y los barcos. En particular, le gustaba leer los nombres de los barcos. Hacía tiempo que no se sentía a gusto en esa ciudad. Llevaba tiempo deseando marchar, ver nuevos horizontes, vivir aventuras y formar parte de una tripulación. La ciudad se le había quedado pequeña y tras la muerte de sus padres no había nada que le atase. Un caluroso agosto, cuando iba paseando tranquilamente por el puerto se fijó en una multitud frente a un barco en el que había palabras en latín que rezaban Audacia est vincere. En medio se situaba uno de los oficiales de abordo, que con ímpetu trataba de organizar el tumulto. Atrás suyo había un capitán. La magnificencia que derrochaba era magnánima. Todo el mundo lo llamaba Capitán Banner, aunque pocos conocían su nombre verdadero. Era conocido por haber luchado en varias guerras, unas veces en un bando y otras en el opuesto, lo que le llevó a convertirse en un proscrito de los mares. A Beth le gustaba  oír las historias que los viajeros contaban en las tabernas. Había oído esas historias desde pequeña, cuando trabajaba con sus padres en una de las principales tabernas cercanas al puerto. Las historias que se contaban de él y de su buque, llamado Vincere eran casi legendarias, éstas iban desde enfrentamientos victoriosos contra varios buques hasta luchas contra piratas y corsarios por algún tesoro escondido. Beth, no dudó en acercarse a ver qué pasaba.

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(…) Entonces el silencio se apoderó de la atmósfera. La tripulación quedó enmudecida. Ni los más testarudos veteranos se movieron un ápice ante la mirada perdida del Capitán Banner. Cuando estaba en el puente solo apartaba la vista del catalejo para descansar el ojo, pues la Luz que contemplaba le obligaba a forzar la vista.

-¡Capitán!- el grumete más patoso al fin rompió el silencio. Llevamos días perdidos en la niebla, y aún no hemos hallado rastro de la Isla. ¿Donde están todas esas riquezas que prometió Capitán? ¿Sabe a donde nos dirigimos, Capitán?

-Banner miró a su tripulación de babor a estribor. Habían hecho un corrillo alrededor del puente. Sin responder a la pregunta, se dio la vuelta y de nuevo puso el ojo en la lente. Al ver el gesto de su capitán, la tripulación estalló.

-¡Dínoslo maldito lunático!- gritó uno.

-¡Qué es lo que ves a través del catalejo!

-¿¡Nos estamos dirigiendo hacia allí, o estamos siguiendo las visiones de un loco!?

-¡Responde maldito viejo!

-Banner se quitó el cacharro del ojo y se lo guardó. Dio una vuelta de noventa grados y siguió con la cabeza las voces críticas esparcirse entre los indisciplinados. Cuando la mirada terca del capitán conectó con la multitud, los marineros se fueron callando poco a poco, hasta que se apagaron todas las voces, excepto Clark y Beth, que siempre comentaban por detrás todo en lo que se fijaban.

– ¡Yo no soy vuestro guía, estúpidos! – La tripulación se removió, inquieta ante semejante respuesta. El Capitán tragó saliva y puso la mano encima del pomo de la espada.

¡Yo solo he sido una herramienta, hermanos! ¡No fui yo quién subió vuestro equipaje al navío! ¡Fuisteis vosotros, cegados por el brillo del oro que os prometí! ¡Tranquilos muchachos, hallaréis lo que buscáis, todos lo haremos! Mas para alcanzar nuestras metas primero es necesario pasar por caminos intrépidos y peligrosos. Primero vino la tormenta y los piratas nos obligaron a escondernos en la niebla, ¿acaso nadie se acuerda ya de eso? Nuestra tarea es encontrar la salida de este mar de nubes y seguir con nuestra travesía! Ya queda poco para nuestra meta, ¡lo intuyo! Si en una situación así, sin enemigos a nuestro alrededor ni falta de provisiones, simplemente desubicados, perdéis la confianza y el respeto hacía mí… -Banner al acabar miró al suelo pensativo.

….¡Sois un puñado de cobardes e insolentes! -El grito súbito del Capitán sonó como un trueno para los navegantes

-¡Más vale que os calléis y nos saquéis de este embrollo o yo mismo os tiraré por la borda!
-Concluyó Banner al ver el sobresalto de algunos fieles compañeros.
¡No pienso morir abandonado en un combate por un atajo de cucarachas como vosotros!

-Mientras el Capitán decía estas palabras, lentamente fue desenvainando el sable de forma que cuando dijo las últimas la espada cortó el aire.  La tripulación se quedó inmóvil, hasta que el pobre diablo de Waterwell sacó un cuchillo y fue directo a mechar al capitán.

Sin realizar demasiados esfuerzos, el Capitán lo desarmó con un ligero movimiento de muñecas y tras punzar el intestino del aventurado lo echó al mar.

Al ver su destino, el resto de bastardos y rateros que estuvieron dispuestos a matar al Capitán dudaron un instante que aprovecharon los Fieles para arrinconar a los amotinados y desarmarlos. A partir de esa noche muchos desistieron en sus ganas de retorcerle el pescuezo, otros esperarían a un momento más oportuno. A los amotinados se les expulsó de la embarcación. Les dieron un bote con suministros para una semana y se alejaron remando sin un rumbo claro al son de una discusión acalorada y absurda para decidir quién remaba primero. Su única esperanza era alejarse de la locura de Douglas Banner cuanto antes, motivo suficiente para remar semanas consecutivas.

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¡Digresión! -gritó el Capitán. A los oficiales de puente se les atragantó el trozo de pan seco con aguardiente que estaban tomando del sobresalto que sufrieron. Tras toser y ayudarse mutuamente a tragar el duro trozo, Smith dió un par de tragos a la botella y se dirigió al Capitán para conocer a qué extravagancia se debía tal grito. Banner sonrió con confianza, se acercó a la barandilla y tomó postura delante del timón. Al verlo, Jaycob y Smith se apresuraron para atraer la atención de la tripulación ya que siempre que el capitán se situaba ahí era para soltar un sermón que solo él lograba entender. La posición en que lo hacía era muy característica de él. Con su uniforme de oficial lleno de medallas y atavíos procedentes de sus viajes de ultramar y una actitud vehemente, echaba al suelo el primer barril, caja o tripulante novato que veía, colocaba su bota negra encima y ponía el otro brazo a la cintura A continuación, desenvainaba el sable y empezaba a hablar sobre cualquier cosa. La imagen vista desde cubierta era gloriosa, triunfal, magnánima. Por contra, desde el puente únicamente se veían rostros ineptos, embobados y abducidos por la lista de tareas que tenían que realizar.

¡Escuchad sabuesos! Todo lo que veis, oís y pensáis no es más que una simple interpretación, una deducción de lo que os debe haber pasado. ¡Jamás creáis conocer la verdad, pues la verdad no existe! Solo la experiencia puede juzgar lo bueno y lo malo, lo correcto y lo nefasto, lo comprensible y lo irracional. Olvidaos de todo lo que sabéis, todo lo que creáis conocer y recordar. Eso son bobadas, construcciones, mitos. Es muy fácil conocer el concepto, mas no lo habréis entendido si no lográis transformar los conceptos en hechos sentidos. De pedir perdón a sentirse arrepentido hay un trecho, de conocer la soledad a entenderla hay toda una odisea –finalizó solemne el Capitán, y aparentando no fijarse en nada, dio media vuelta, bajó las escaleras y entró en su camarote.

Con un suspiro, se quitó su elegante sombrero. Estaba adornado con una pluma azul de un guacamayo con el que se cruzó en uno de sus viajes. Cuando tenía las velas encendidas, la ventana de su camarote reflejaba la luz del cuarto y lo aprovechaba para observar su rostro. Reconoció un rostro oscuro, curtido, envejecido, marcado, incompleto. Con una sonrisa cómoda, se sentó y cerró los ojos. Que bien lo había hecho, se dijo a si mismo. Todos esos bobos se habían quedado anonadados, trató de convencerse. Pero nadie había prestado atención. Entre las heladas rachas de viento, el fuerte oleaje y el ánimo caído por los suelos tras  el intento de motín, nadie disponía de los ánimos necesarios para escucharlo. Algunos ni siquiera tenían fuerzas para mirarlo. Eran muchos los que se arrepentían de haberse embarcado, y ver al Capitán enloquecer lentamente no les ayudaba a tranquilizarse.

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